Vuelta al lago Epecuén, Argentina (21 km)

Volver a Villa Epecuén fue como volver a un sitio que ya forma parte de tu historia.

Está cerca de Carhué, en medio de la llanura argentina, donde el horizonte parece no terminar nunca. Allí se corre la Vuelta al Lago Epecuén, una carrera distinta. No por el desnivel —porque no lo hay— sino por el contexto. Por lo que pasó allí.

Yo ya había estado en diciembre de 2024. Otro clima. Más calor. Más luz. Y recuerdo que fue uno de los lugares que más me impactó de todo el proyecto Corriendo hacia el vacío. No solo por las ruinas, sino por la gente. Por cómo te reciben. Por cómo te cuidan. Por esa sensación de que no eres un extraño.

En agosto de 2025 volví. Invierno argentino. Frío seco. Perfecto para correr.

Esta vez no estaba solo. Mis padres me acompañaban. Mi padre corría los 10 km. Yo los 21. Mi madre observándolo todo desde fuera, disfrutando más que nosotros. Y eso cambió completamente la experiencia.

Los 21 kilómetros no rodean el lago completo —para eso está la distancia de 60 km— pero sí recorren gran parte de su perímetro hasta terminar atravesando las ruinas en los últimos dos kilómetros. Y eso es especial. No por épico. Sino por extraño.

El recorrido es cambiante: tramos de pasto, algo de asfalto, sectores de grava y, sobre todo, esa capa blanca que parece nieve pero es sal. El lago, el Lago Epecuén, es uno de los más salinos del mundo. Sus aguas tienen una concentración altísima de sal, comparable a la del Mar Muerto. De hecho, durante décadas fue un destino turístico famoso por la facilidad con la que la gente flotaba allí.

Hasta que en 1985 una inundación cubrió el pueblo entero. El agua lo tapó todo durante años. Y cuando retrocedió, dejó las estructuras desnudas, erosionadas, cubiertas de sal. Lo que hoy atravesamos corriendo no es un decorado: es lo que quedó.

Pero esta vez, más que la historia, lo que me marcó fue otra cosa.

Yo iba como atleta invitado. Grabando, entrevistando, disfrutando. La organización —que ya siento como amigos— me trató con el cariño de siempre. La gente se acercaba para fotos, para saludar, para abrazar. Y mis padres estaban ahí, viendo todo eso.

Ver en sus caras que entendían lo que hago. Ver que disfrutaban. Ver que estaban orgullosos sin decirlo demasiado. Eso fue lo importante. Lo supe entonces, corriendo entre sal, polvo y viento: las carreras no son líneas que se trazan en el reloj, sino círculos que se expanden en la memoria.

Corrí muy cómodo. Sin presión. Sin mirar demasiado el reloj. Disfrutando del terreno plano, del frío agradable, del ambiente. Fue una carrera alegre. Ligera.

Y cuando entré en las ruinas en esos últimos kilómetros, no sentí épica. Sentí calma.

Pensé que hacía menos de un año había corrido allí con otro clima, otro momento vital. Y ahora estaba de nuevo, pero distinto. Más acompañado. Más en paz.

A veces los lugares no te impactan por lo que pasó en ellos, sino por lo que te permiten vivir cuando vuelves.

Y Epecuén, para mí, ya es uno de esos sitios.

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