Medio maratón de Buenos Aires (21 km)

La madrugada se estiraba fría sobre Buenos Aires cuando abrí los ojos después de una noche de sueño inquieto. No eran nervios; era otra cosa. El cuerpo simplemente no quiso descansar, como si supiera que ese día iba a exigirle más de lo habitual. Y así llegué, cansado pero expectante, a las inmediaciones del Hipódromo, donde 28.000 almas bullían en un ritual colectivo que transformaba la ciudad mientras el sol se alzaba tras los edificios, como si no se quisiese perder dicho espectáculo.

Jamás hubiera imaginado —ni en mis mejores sueños— terminar mi viaje Corriendo hacia el vacío en esta prueba. Una media maratón en la capital argentina, una fiesta multitudinaria de kilómetros, cuerpos y emociones, que se volvió posible gracias a mi amigo Damián Cáceres, que hizo de puente entre mi deseo y la realidad (te quiero amigo, estoy expectante por leer tu libro).

El clima era frío, pero con la salida del sol se abría un día impecable. Las sonrisas, la ilusión y la tensión de los corredores tejían una atmósfera eléctrica. Yo apenas había calentado, pero ya estaba atrapado en esa vorágine de música, voces y abrazos inesperados que suceden cuando te plantas en la línea de salida de cualquier carrera: viejos compañeros de ruta que aparecían a mi lado sin plan previo, solo por la magia de un “a ver si nos vemos” escrito la noche anterior en Instagram.

Entonces, la fiesta arrancó. Y lo hizo con la voz de Dani Arcucci —amigo, biógrafo de Maradona y ser humano gigante— que me nombró por megafonía: 

“Jorge de la Rosa, grande entre los grandes”

Sentí que el viaje entero desembocaba en ese instante.

La carrera fue una montaña rusa. A ratos calor, a ratos frío; el viento en contra, una primera piel pegada al cuerpo que tuve que retirarme para atármela a la cintura pues me estaba deshidratando. Imágenes que se grabaron a fuego: el Obelisco, la Casa Rosada, un grupo de bailarines de tango marcando pasos imposibles junto al asfalto, las voces infinitas del público sosteniéndonos en volandas. A mi lado, un bombero voluntario corriendo con el uniforme completo, cargando con su misión como metáfora de la fortaleza de todo un colectivo.

Los primeros doce kilómetros fluyeron a cinco minutos cada uno, ligeros, casi fáciles (era el ritmo que me había propuesto para no sufrir en exceso y no tardar más dela cuenta). Pero después las piernas se hundieron en una cuesta invisible. El cuerpo me recordaba el mal descanso, la forma aún en construcción a la que estoy expuesto actualmente en mis entrenamientos… el precio de la inercia. Entonces tocó negociar con la mente, persuadirla, convencerla de que seguir adelante valía la pena, que el sentido estaba en ese final. Y lo logré: no con velocidad, sino con corazón.

Cruzando la meta, una emoción inesperada me atravesó. Era como cerrar un círculo: comenzar y acabar mi proyecto corriendo una carrera. Romántico, sí. Quizá demasiado. Pero así lo viví:

Con el alma abierta y agradecida

Después vinieron más abrazos, una entrevista con mis amigos Dani Campomenosi y Javier Barbis para la televisión pública, el sol acariciando la cara, el cansancio clavándose hondo en los músculos. Pero todo eso formaba parte del mismo cuadro: el último trazo de un viaje que me transformó.

¡Gracias Argentina!

Por sus paisajes, sí, pero sobre todo por sus personas. Por abrirme las puertas, por regalarme experiencias, por tratarme con una generosidad inmensa. Sé que volveré, porque esta tierra hermosa no se despide: se queda latiendo dentro de uno, reclamando siempre una nueva visita.

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