

Llegar a la última carrera de mi proyecto Corriendo hacia el vacío fue, en sí mismo, un viaje interior. Habían sido ocho carreras de ultradistancia en apenas diez meses, recorriendo siete países de Latinoamérica, dejando pedazos de mí en cada sendero y, al mismo tiempo, recogiendo enseñanzas que me han marcado para siempre. Panamá, con las sierras de Santa Fe en Veraguas, fue el escenario final de este desafío que nació en el corazón y que me obligó a mirar de frente a mis límites.
El lugar era tan remoto como hermoso. Para llegar desde la capital había que conducir seis horas, y en ese trayecto ya se respiraba la sensación de aventura, de desconexión absoluta (y más aun porque no tenía conexión en el teléfono), de entrar en un territorio distinto. Este reto lo compartí con grandes atletas de Argentina, Chile, México, Colombia, El Salvador… un mosaico humano que, más allá de la competición, daba sentido a todo lo vivido. Allí me encontré con muchos de mis amigos de El Salvador como Jesús, Roger, Colocho, Tania… pero también a otros como Esteban, Evelia, Andrea, Alexi, Nico… siempre los recordaré porque, minuto a minuto, fuimos creando una confianza que es difícil de explicar. Conectamos de una forma en la que pocas veces sucede desde la que nació algo genuino.
Después de todo el proceso previo a la carrera, que nos llevó a conocer la zona, plagada de lugares naturales, llegamos al día de la «largada» (como les gusta decir en estos países latinos). Tocó despertar a las 3 de la madrugada, pues a las 5 era la salida, en plena noche y con los frontales en la cabeza para iluminar a duras penas el sendero (si Alexi alguna vez lee esto: recuerda que ganaste esa carrera gracias a mi, no desvelaré todavía el por qué pero así es jajaja).
Entremos en materia, la carrera comenzó con un contratiempo: me perdí en los primeros kilómetros. Pero, en lugar de frustración, lo tomé como un recordatorio de que estos retos no son lineales, que la vida tampoco lo es. Los paisajes que se abrían frente a mí me hicieron pensar en lugares tan lejanos como Vietnam: montañas envueltas en verde, horizontes infinitos, una naturaleza que parecía susurrar que todo estaba en orden y vacas con orejas que casi tocaban el suelo (recuerdo que esto me sorprendió bastante).
Respecto a mi estado físico, mis fuerzas estaban justitas, pues el recorrido de los meses previos me tenía agotado tanto física como mentalmente. Sinceramente, las dos últimas carreras (México y Panamá) no las disfruté tanto desde el punto de vista puramente deportivo por esta situación, pero sentía que algo me movía a completar el reto. De este modo, avancé a ritmo controlado para no hacerme daño, sin objetivo de tiempos, tan solo disfrutar y llegar a meta.
Los últimos diez kilómetros fueron duros, casi agónicos. Allí agradecí haber elegido la distancia de 40 km y no los 70 km, que fue mi idea inicial. A veces la valentía no está en ir a por lo más grande, sino en escuchar al cuerpo y a la intuición y honrarlos.
En medio del esfuerzo, también hubo historias que me dejaron huella. Como la de Jimmy, que hoy vive de las ventas y del deporte, pero que antes tuvo que enfrentar la oscuridad del alcohol. Escucharle fue comprender, una vez más, que cada uno escala su propia montaña y que correr no es huir, sino reconciliarse con lo que somos. Al menos, así es como deberíamos emplearlo, pues quien huye de su propia realidad y no la encara, pronto es atrapado por ella.
Con esta experiencia a cuestas, llegué a meta con un tiempo de 06:54:37 en la posición 23º general y 16º masculina. Me sigue sorprendiendo que pese a los dolores físicos y no tener el foco puesto en los tiempos, sigo llegando en buenos puestos de la clasificación. No obstante, quien me conoce sabe que no es algo en lo que me fijo, pues valoro mucho más el disfrute, las historias, los paisajes y el sentirme bien. No quiere decir que no me esfuerce ni que tampoco corra rápido, porque no es así, pero no lo tengo como foco principal para que no me desvíe del verdadero objetivo.
Panamá me regaló una experiencia completa, aunque no es una carrera que volvería a repetir. Por cuestiones personales con un integrante de la organización (aunque les agradezco profundamente a todos la oportunidad que me dieron al invitarme a estar allí con ellos) y porque, pese a ser bonita, no despertó en mí ese wow que sí dejaron otras pruebas. Sin embargo, lo que sí me llevo es la diversidad del país, la belleza de su gente y la oportunidad de compartir de nuevo con mis amigos de El Salvador, a quienes ya conocía de Ultravolcanes y con todo el grupo de atletas que formamos. Esos momentos de comunidad son los que realmente construyen recuerdos imborrables. De hecho, el país me gustó tanto que terminé quedándome 2 meses allí descansando después de terminar todo.
El gran aprendizaje de este último reto es que somos capaces de lograr lo que nos propongamos si nace de verdad del corazón. Que lo importante no es solo la meta, sino cómo vivimos el camino, qué significado le damos y con quién lo compartimos. Y que, a veces, la fortaleza no se mide en cuántos kilómetros resistimos, sino en cómo gestionamos en silencio nuestras emociones, sabiendo cuándo comunicarlas, cuándo poner límites y cuándo recordarnos que nuestro valor no depende de nadie más. Esto habla de lo que me pasó, pero eso lo dejaremos para los misterios que desvelaré cuando escriba el libro.
El mundo es hermoso. Y cuando aprendemos a verlo con ojos limpios, cada paso —incluso el más cansado— se convierte en un regalo.
Hasta la siguiente aventura, familia. Un abrazo enorme.
Os ama, Jorge.




