El Cruce, Argentina (93 km | 3 etapas)

(Vídeos completos de la aventura al final de la página)

Hay carreras que se corren con las piernas.
Y hay otras que se corren primero en la cabeza, muchos años antes de que el dorsal llegue a tu pecho.

Para mí, El Cruce empezó mucho antes de pisar la Patagonia. Empezó el día que vi un episodio de Maratón Man, con Raúl Gómez atravesando montañas imposibles y campamentos gigantescos en medio de la nada. Recuerdo pensar: algún día quiero correr esa carrera.

Años después, ahí estaba yo.
Primera semana de diciembre de 2024.
Verano en la Patagonia.

Y el sueño, de repente, tenía forma de dorsal.


Una carrera que nació para cruzar los Andes

El Cruce nació en 2002 con una idea muy simple y muy salvaje: cruzar la Cordillera de los Andes en tres días, uniendo Argentina y Chile corriendo. Durante años los corredores atravesaban literalmente la frontera, pasando de un país a otro en medio de volcanes, lagos y montañas. 

Con el tiempo el recorrido ha ido cambiando de lugar dentro de la Patagonia, pero mantiene la esencia: unos 100 kilómetros divididos en tres etapas, con campamentos gigantescos en mitad de la naturaleza. 

La edición de 2024 reunió a unos 4.500 corredores de decenas de países, repartidos en varios grupos de salida. 

Ese año el epicentro estaba en San Martín de los Andes, corriendo en los paisajes del Parque Nacional Lanín, bajo la presencia constante del Volcán Lanín.

Tres etapas. Unos 30 kilómetros cada día y alrededor de 1000–1100 metros de desnivel positivo.

Sobre el papel parecía duro pero lo difícil no estaba en el perfil.


Llegar roto… y aun así correr

Aquella carrera fue la cuarta de mi proyecto Corriendo hacia el Vacío.

Llegué cansado. Muy cansado. No solo físicamente. También emocionalmente.
Había demasiados kilómetros acumulados… y demasiadas cosas dentro de mí que todavía no sabía cómo ordenar. Por eso tomé una decisión muy clara desde el principio:

Sobrevivir a la primera etapa.

Nada más.


Etapa 1 — El Lanín y la nieve

La salida se perdió pronto entre bosques patagónicos.

Araucarias.
Senderos húmedos.
Montañas que parecían no terminar nunca.

Y, de repente, allí estaba.

El Volcán Lanín, enorme, perfecto, cubierto de nieve, dominando todo el horizonte.

Corríamos cerca de su base, en un paisaje que parecía más propio de Alaska que de Sudamérica. En algunos tramos corríamos literalmente sobre nieve, algo que siempre me fascina de este tipo de carreras.

Yo iba con calma. Era mi primera carrera por etapas, y no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar el cuerpo al día siguiente. Así que dejé que todos pasaran. Seis horas y algo. Ese fue mi tiempo.

Y lo más curioso es que lo más duro llegó al final, cuando el terreno se volvió más llano. No era físico. Era mental. En aquella época todavía no tenía la mente tan entrenada como ahora y los pensamientos intrusivos aparecían con más facilidad.

Pero entonces apareció el lago.

El campamento estaba junto al Lago Huechulafquen, un espejo azul inmenso bajo las montañas. Y por un momento todo se quedó en silencio.

Ese lugar era simplemente perfecto.


La vida en los campamentos

Si hay algo que hace única esta carrera no es solo el recorrido. Son los campamentos.

Miles de corredores, carpas alineadas, voluntarios corriendo de un lado a otro, comida caliente y risas en todos los idiomas.

Era una pequeña ciudad en medio de la montaña.

La organización era gigantesca. Todo estaba medido: transporte de mochilas, logística, comida, asistencia médica, actividades por la noche.

Allí me reuní también con Marlon, un corredor ecuatoriano que había conocido el día anterior en un hostal. Lo que empezó como una conversación casual terminó convirtiéndose en una amistad que se mantiene hoy en día.

Es curioso cómo el trail tiene esa magia: en tres días puedes sentir que conoces a alguien desde hace años.


Etapa 2 — El mismo camino, al revés

El segundo día repetíamos prácticamente el mismo recorrido, pero en sentido contrario: del lago hacia el punto inicial.

Volvimos a pasar bajo el Lanín. Volvimos a ver los mismos valles.

Y aunque el paisaje seguía siendo espectacular, tengo que reconocer que no fue mi etapa favorita. Repetir terreno siempre deja la sensación de que podrías haber descubierto algo nuevo.

Pero el campamento tuvo su propia historia.

Aquella noche dormimos en un descampado dentro de una base militar. Mucho más calor y mucho menos encanto que el lago del día anterior pero, aun así, el ambiente era increíble.

El speaker Pablo Colombo animaba a todo el mundo con una energía contagiosa y las noches terminaban entre risas, música y corredores de medio planeta compartiendo historias. Y algo empezó a cambiar dentro de mí:

Cada día me encontraba mejor.


Etapa 3 — La montaña colorada

El último día el recorrido cambió por completo.

La ruta nos llevó hacia el Cerro Colorado, una zona volcánica de tonos rojizos que parecía sacada de otro planeta. Y entonces lo entendí.

El cuerpo que había llegado destruido tres días antes… ahora estaba corriendo fuerte.

Muy fuerte.

Terminé la etapa en cuatro horas y poco.
Ese día entré entre los 100 primeros corredores de mi grupo y al final quedé aproximadamente 180 de unos 1200.

Pero la clasificación era lo de menos. Lo importante estaba a pocos kilómetros.


La llegada a San Martín de los Andes

La meta estaba junto al lago, en la costanera de San Martín de los Andes.

Cuando entré… empecé a llorar.

Allí estaba Marlon, tocando con la batucada y nos pusimos a bailar. También volví a ver al “hombre de la corneta”, un tipo que había conocido el primer día y que me había dicho:

Si llegás a la meta, te dejo tocarla.

Y allí estaba, esperándome.

La toqué con las pocas fuerzas que me quedaban y entonces llegó otro momento que jamás olvidaré.

Tras cruzar la meta llorando, la medalla me la puso Elisa Forti, una mujer argentina que empezó a correr cerca de los 65 años y que, con más de 90, sigue siendo un símbolo del deporte en su país.

Sonrió. Me abrazó y me rendí en sus brazos. La batalla había concluído.


Lo que me enseñó El Cruce

Cuando llegué a la Patagonia pensaba que mi cuerpo estaba al límite pero día tras día descubrí algo distinto. Cada etapa me sentía más fuerte. Más vivo. Más presente.

Sí, terminé enfermo dos semanas después pues el cuerpo pasó factura, pero también me llevé algo mucho más importante porque al final entendí algo muy simple:

Cumplir un sueño no es solo lograrlo, es descubrir quién eres mientras lo persigues.

Y, en algún lugar entre volcanes, lagos y kilómetros de montaña, entendí que cada vez que cumplimos uno…

…nos acercamos un poco más a lo que somos en esencia.

Amor.

Documental sobre El Cruce desde dentro, parte 1
Documental sobre El Cruce desde dentro, parte 2

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