


Cuando el Fuego y el Agua se encuentran: mi ultratrail en Ometepe
A veces los viajes más locos nacen de la duda. Dudé si ir a Nicaragua. Estaba cansado, con molestias en el cuerpo, y el hecho de viajar solo me tiraba para atrás. Pero de repente, Roger —mi amigo de El Salvador— me dijo “yo voy contigo”, y todo cambió. A ese impulso se sumó Jesús, otro corredor salvadoreño élite. La vida me estaba mostrando que este sexto reto de Corriendo hacia el Vacío no debía hacerlo en soledad.
El viaje hasta Ometepe fue una odisea en sí mismo: doce horas de bus desde El Salvador, cruzando El Salvador, Honduras y, finalmente, Nicaragua. La entrada al país fue un incordio: revisiones exhaustivas en la aduana, caras serias, sensación de no ser bienvenido… pues recordemos que este país está sometido bajo una dictadura que les tiene oprimidos. Pero la recompensa llegó al subir al ferry y verlos por primera vez: los dos volcanes gemelos, el Concepción (1.610 m, activo y humeante) y el Maderas (1.394 m, inactivo, cubierto de selva), emergiendo como titanes desde el lago Cocibolca, el lago más grande de Centroamérica y uno de los pocos en el mundo que alberga tiburones de agua dulce. Esa imagen ya justificaba todo.
Ometepe es especial: es la isla volcánica más grande del planeta dentro de un lago de agua dulce. Su forma de reloj de arena nace del istmo que une a los dos volcanes. La UNESCO la declaró Reserva de la Biosfera en 2010 por su biodiversidad y por la riqueza cultural que guarda: más de 1.700 petroglifos tallados por civilizaciones precolombinas, testigos silenciosos de un pasado aún lleno de misterio.
La isla era un paraíso tropical al que estábamos a punto de acceder. Atardeceres encendidos, playas volcánicas, aguas termales, cocos frescos, un ambiente que parecía irreal. Alquilamos motos para recorrerla y, aunque Roger terminó con el brazo raspado tras una caída, lo vivimos con risas y complicidad. Había una conexión entre los tres que hacía que todo pareciera un juego, incluso en medio de la incertidumbre.
La madrugada de la carrera nos encontró listos en la cerca de la playa de Santo Domingo, pues esta vez no se pudo salir desde su arena por la crecida del lago. Arrancamos desde la avenida principal, acicalada para el momento. Oscuridad, linternas frontales, la respiración contenida de unos pocos locos que íbamos a enfrentarnos a 50 kilómetros de pura montaña. Los primeros kilómetros eran amables, casi corribles, pero en el km 7 comenzó el verdadero infierno: la subida al Maderas. Mil quinientos metros de desnivel en selva húmeda tropical, una de las más densas y salvajes que he conocido. Barro hasta los tobillos, ramas que golpeaban la cara, raíces traicioneras… Hubo kilómetros que me salieron a 45 minutos de ritmo, imaginaos lo complejo del terreno. Pero cuando llegué al cráter, me encontré con algo inesperado: una laguna verde en lo más alto, rodeada de vegetación densa, silenciosa, mística. Se dice que ahí vive una boa gigante… yo sólo pedí no verla. Di gracias por estar ahí porque se siente una mística diferente, especial.
La bajada fue un festival de resbalones y caídas, pero también de soledad mágica, con los cantos de los animales salvajes como única compañía. Al llegar de nuevo al nivel del lago, el contraste fue brutal: del frío húmedo de la cumbre a un calor y una humedad que me quemaban los pulmones. Tenía que correr 12 kilómetros de llano bajo ese sol abrasador. Lo hice, casi con furia, hasta el siguiente avituallamiento, pues me encontraba genial, de verdad. Pero nada más salir de ahí, un dolor feroz me paralizó la pierna izquierda. No podía ni caminar.
Me senté en el suelo, derrotado. Mi cuerpo me decía que no podía más, que no quería volver a subir al volcán. Cerré los ojos, respiré, tomé un no-cramp (bebida preparada a base de vinagre para recuperarte rápidamente de calambres) y hablé conmigo mismo:
“Jorge, no viniste aquí a rendirte. Los límites no están aquí. Los límites son mentales.”
Después de unos minutos, me levanté y empecé a caminar. El dolor cedió. Subí de nuevo. Lento, eterno, pero subí.
En el camino encontré ángeles disfrazados de corredores y voluntarios: uno me dio agua, otro compartió conversación. Arriba, la jungla era dura otra vez, pero la bajada nos encontró en equipo: yo, un corredor nicaragüense un poco atípico (bastón de madera en mano, sin pastillas de sales y con poca preparación, pero mucho espíritu) y una mexicana curtida en mil batallas. Hablamos, reímos, avanzamos. Ya no importaba el tiempo, importaba llegar juntos. Y ocurrió algo raro: mi cuerpo, que horas antes me había pedido rendirme, empezó a sentirse ligero, casi eufórico. Llegué a correr fuerte, sin apenas dolor. Era un éxtasis.
Sólo me faltaba un susto: una serpiente látigo me cruzó los pies a toda velocidad. En ese momento pensé que me iba a picar y casi me muero del susto. Después supe que era inofensiva… pero la adrenalina me recordó que estábamos en medio de la jungla, en un lugar que parecía un sueño.
La meta llegó con un atardecer rojo detrás del lago. Cruzamos los tres juntos, con los brazos al cielo. Allí estaban Roger y Jesús esperándome, sonriendo, abrazándome. No hay riqueza que valga más que eso. La medalla, hecha por los niños de la isla, fue el símbolo perfecto de lo vivido. El organizador me lo había advertido: “Serán los 50 kilómetros más largos de tu vida”. Y lo fueron. Un tiempo de 14 horas y posición 25 de 44 finishers. Casi nada…
Pero lo que me llevo no está en los números. Es el calor de la comunidad que nos recibió con los brazos abiertos, compartir con amigos, la fiesta final al atardecer, los petroglifos que guardan secretos antiguos, la sensación de haber estado en un lugar mágico, cargado de historia y energía. Ometepe es un sitio al que volvería sin dudar, quizá para enfrentar los 100 km: porque si estos 50 ya fueron una locura, ¿qué sería añadirle el Concepción, con sus fumarolas y su carácter volcánico aún vivo?
La isla me enseñó que el fuego y el agua no son opuestos: conviven, se equilibran, crean vida. Y que los límites que creemos tener son apenas sombras. Cuando la mente abre la puerta, el cuerpo responde.
Ese día lo confirmé: no existen límites, sólo paisajes nuevos donde descubrirnos.










