
Cuando el avión despegó rumbo a Ecuador en agosto de 2024, llevaba una mochila cargada de material audiovisual, varias carreras de montaña inscritas y una ilusión que convivía incómodamente con el miedo. Durante meses había contado a familiares, amigos y conocidos que me marchaba a Latinoamérica para desarrollar un proyecto deportivo y documental llamado Corriendo hacia el vacío, una aventura que me llevaría a recorrer distintos países mientras participaba en algunas de las carreras de trail running más emblemáticas del continente. Era cierto, pero no era toda la verdad.
La verdad era que me estaba marchando porque necesitaba encontrarme.
Acababa de atravesar una ruptura sentimental que había removido profundamente mi mundo interior y, poco después, había abandonado mi trabajo como maestro de Educación Física. Durante años había construido una vida estable, una vida que sobre el papel tenía sentido, pero que ya no lograba responder a las preguntas que empezaban a surgir dentro de mí. Había llegado a un punto en el que continuar exactamente igual me parecía más arriesgado que cambiarlo todo.
Por eso aquel viaje no comenzó realmente en un aeropuerto ni en una línea de salida. Comenzó mucho antes, en el momento en que decidí escuchar una voz interior que llevaba demasiado tiempo pidiendo espacio.
El primer destino fue Ecuador.
Todavía hoy me cuesta explicar con palabras lo que significó aquel país para mí. Quizá porque no fue únicamente el lugar donde empezó la aventura, sino el lugar donde comprendí que la aventura era posible.
Desde el primer momento me encontré rodeado de personas que parecían empeñadas en demostrarme que el mundo era mucho más amable de lo que había imaginado. Conocí a André durante el viaje, compartí entrenamientos con corredores locales gracias a Joaquín López y a la comunidad de Ecuadoruns, recibí invitaciones, apoyo y cariño por parte de personas que apenas acababan de conocerme. Todo parecía fluir con una naturalidad desconcertante, como si cada pieza fuera encontrando su lugar sin necesidad de forzarla.
En aquellos días recorrí Quito con la fascinación de quien observa un paisaje completamente nuevo. La ciudad se extiende entre montañas andinas y volcanes que superan ampliamente los cuatro y cinco mil metros de altura, formando uno de los entornos urbanos más impresionantes que he conocido. Miraras donde miraras, siempre aparecía una cumbre en el horizonte recordándote que allí la montaña no es una escapada de fin de semana, sino una presencia constante.
La primera gran prueba del proyecto fue Quito Trail by UTMB. Recuerdo la emoción desbordándome mucho antes de empezar a correr. Mientras sonaba la música de la salida y los corredores se agrupaban bajo el arco, comprendí que estaba viviendo algo que había imaginado durante años. Lloré antes de arrancar porque sentí que estaba rompiendo una frontera invisible. No sabía qué ocurriría después, no sabía si sería capaz de sostener aquel estilo de vida, pero por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba exactamente donde quería estar.
Aquella carrera fue dura. La altitud me pasó factura, el cuerpo sufrió y hubo momentos en los que el estómago se cerró completamente. Sin embargo, al cruzar la meta en la Plaza de San Francisco de Quito entendí algo que acabaría acompañándome durante todo el viaje: la verdadera recompensa rara vez se encuentra en la clasificación o en el cronómetro. La recompensa está en la transformación que ocurre durante el camino.
Desde Ecuador continué hacia Perú.
Si Ecuador me mostró que existía un camino, Perú me conectó con algo mucho más profundo. Allí descubrí una dimensión ancestral que no esperaba encontrar. Caminé durante días por la ruta de Salkantay hacia Machu Picchu, atravesando valles glaciares, montañas inmensas y senderos que durante siglos fueron transitados por pueblos que entendían la naturaleza de una forma radicalmente distinta a la nuestra.
En Cusco, en el Valle Sagrado y durante la Andes Race, tuve la sensación constante de estar recorriendo territorios donde la historia sigue viva. Mientras corría de noche por senderos de altura, imaginaba a los antiguos chasquis atravesando aquellas mismas montañas para transportar mensajes entre ciudades del imperio inca. Al amanecer, rodeado de alpacas, llamas y comunidades que habitan por encima de los cuatro mil metros de altitud, sentía que el tiempo se había vuelto extraño, como si pasado y presente convivieran en un mismo lugar.
Perú despertó algo que llevaba dentro. Una necesidad de bajar el ritmo, de escuchar más y de entender que la montaña puede ser mucho más que un espacio deportivo. Allí empecé a comprender que el viaje no trataba únicamente de correr.
Argentina continuó ampliando esa sensación.
Primero llegaron las sierras de Córdoba y la Ultra Trail Amanecer Comechingón. Aquellas montañas poseen una energía difícil de describir. Quizá tenga que ver con la historia de los antiguos pueblos comechingones, que habitaron la región mucho antes de la llegada de los españoles. Quizá tenga relación con las leyendas, los relatos de ufología o el magnetismo que rodea lugares como Capilla del Monte. Lo cierto es que allí sentí algo especial.
Pero, más allá del paisaje, lo que recuerdo con mayor cariño son las personas.
Mauri.
Taka.
Sibia.
Martín.
Las conversaciones interminables.
Las comidas compartidas.
Las amistades que surgieron de manera espontánea.
Todavía me emociona recordar cómo Mauri me entregó las llaves de su departamento en Buenos Aires apenas un día después de conocernos. Aquel gesto, tan sencillo y tan inmenso al mismo tiempo, me obligó a replantearme muchas ideas que tenía sobre la confianza y sobre la naturaleza humana.
Argentina siguió regalándome encuentros inesperados. Llegaron entrevistas, podcasts, invitaciones a carreras que ni siquiera formaban parte del proyecto original y experiencias tan especiales como la Vuelta al Lago Epecuén. En cada lugar aparecían personas dispuestas a ayudar, compartir o simplemente conversar.
Y después llegó uno de los momentos que llevaba años imaginando.
El Cruce.
Durante tres días atravesé la Patagonia corriendo entre lagos glaciares, bosques y montañas que parecían imposibles. Aquellos senderos me recordaron constantemente por qué había empezado a correr montaña muchos años atrás. Recuerdo observar a corredores obsesionados con ganar segundos mientras yo no podía evitar detener la mirada una y otra vez para contemplar el paisaje. No porque fuera mejor ni peor que ellos, sino porque sentía que estar allí ya era una victoria.
Después de la carrera me quedé explorando la Patagonia durante semanas. Recorrí Bariloche, conocí El Chaltén, caminé frente al glaciar Perito Moreno y crucé a Chile para descubrir Torres del Paine junto a mi amigo Esteban. Fueron semanas de una belleza difícil de describir, pero también fueron semanas donde empezó a aparecer algo que hasta entonces había permanecido oculto.
El cansancio.
Para entonces acumulaba muchos meses de viaje, emociones intensas y exigencia física constante. Había momentos extraordinarios, sí, pero también momentos de soledad profunda. Momentos donde reaparecían heridas que creía superadas. Momentos donde todavía seguía procesando todo lo que había dejado atrás en España.
Cuando llegué a El Salvador para disputar Ultravolcanes ya intuía algo importante.
Sentía que el proceso de transformación estaba prácticamente completado.
Era una sensación difícil de explicar, pero muy clara. Como si el viaje ya me hubiera entregado aquello que necesitaba encontrar. Como si la lección principal ya hubiera sido aprendida.
Sin embargo, seguí adelante.
Quizá por orgullo.
Quizá porque me había comprometido conmigo mismo a terminar el proyecto.
Quizá porque todavía no sabía cómo cerrar aquella etapa.
En El Salvador conocí personas maravillosas como Roger, Ricardo, Tania, Lisbeth y Charlotte. Gracias a ellos descubrí el país desde una perspectiva mucho más humana y auténtica. También viajé a Guatemala, ascendí el volcán Acatenango y observé las erupciones del volcán de Fuego iluminando la noche. Aquellas experiencias reforzaron algo que venía observando desde Ecuador: los momentos más valiosos del viaje casi nunca ocurrían durante las carreras.
Ometepe llegó después. Nicaragua. Ultra trail de Fuego y Agua.
Y fue una celebración.
Aunque la carrera fue exigente y el cuerpo acumulaba ya mucho desgaste, la isla me regaló algunos de los momentos más felices de todo el proyecto. Recorrer caminos de tierra en motocicleta, contemplar los atardeceres sobre el lago, compartir risas con Roger y con Jesús, descubrir una cultura completamente distinta… todo ello me devolvió una ligereza que llevaba tiempo necesitando.
Fue también durante esa etapa cuando surgieron nuevas oportunidades profesionales. Diego Winitzky me invitó a colaborar en un workshop fotográfico durante Petzl Trail Plus en Ecuador junto al equipo de Ñeque Studio. Aquella experiencia tuvo un significado especial porque demostraba que aquello que había imaginado al comienzo del viaje empezaba a materializarse. Ya no se trataba únicamente de perseguir un sueño. El sueño comenzaba a responder.
México y Panamá representaron el tramo final.
México me permitió descubrir lugares fascinantes como Ciudad de México, Puebla y varios pueblos cargados de historia. También me dejó una lección importante. Allí comprendí que perseguir proyectos interesantes nunca debe significar aceptar situaciones que no respetan tus valores. Aprendí a poner límites con más firmeza y a priorizar el respeto personal por encima de cualquier oportunidad.
Panamá terminó de reforzar ese aprendizaje. La carrera fue dura, pero para entonces la competición ya había dejado de ser el centro de la experiencia. Lo verdaderamente importante eran las personas. Las conversaciones interminables. Las amistades nacidas en el camino. Las risas compartidas con Bia, Nico, Esteban y tantas otras personas que hicieron que aquellos últimos meses estuvieran llenos de luz.
Cuando crucé la meta de Ultra Panamá, la última carrera del proyecto, sentí satisfacción, pero no la emoción que había imaginado durante meses.
Y la razón era sencilla.
Corriendo hacia el vacío ya había terminado mucho antes.
Simplemente yo aún no lo sabía.
Después permanecí varias semanas más en Panamá viviendo sin presión, corriendo por placer, explorando lugares como el Valle de Antón y permitiéndome disfrutar sin perseguir constantemente un objetivo.
Meses más tarde llegaron mis padres. Juntos regresamos a algunos de los lugares más importantes de la aventura: Machu Picchu, Perú, Argentina, el Perito Moreno. Fue una manera hermosa de cerrar el círculo y compartir con ellos una parte de la transformación que había vivido.
Finalmente regresé a Buenos Aires para despedirme en soledad del viaje. Durante dos semanas caminé por la ciudad, repasé recuerdos y me preparé para volver a España.
Y fue precisamente allí donde descubrí que el final real de la historia todavía estaba por llegar.
Porque el momento más difícil de todo el proyecto no fue ninguna carrera.
Fue regresar.
Cuando uno abandona un lugar intentando escapar del dolor, existe la ilusión de que la distancia resolverá aquello que quedó pendiente. Pero la distancia no elimina las emociones. Simplemente las silencia durante un tiempo.
Al volver, muchas de ellas reaparecieron.
Y, sin embargo, esta vez ocurrió algo distinto.
Ya no era la misma persona que había partido diez meses antes.
Recuerdo caminar por la Sierra de Espadán pocos días después de regresar a Castellón y sentir algo que no había sentido nunca. Durante años había pensado que quizá terminaría viviendo lejos, en algún rincón remoto del mundo, buscando constantemente la siguiente aventura. Sin embargo, mientras observaba aquellos bosques mediterráneos, aquellas montañas que conocía desde niño y aquella luz tan familiar, comprendí algo que me dejó completamente en paz.
No necesitaba seguir buscando un hogar.
Ya estaba en él.
Quizá la mayor ironía de todo este viaje sea que tuve que recorrer miles de kilómetros, atravesar volcanes, glaciares, selvas, desiertos y cordilleras para descubrir algo que siempre había estado delante de mí.
Que el hogar no es un lugar.
Es una forma de estar.
Y que muchas veces no viajamos para encontrar algo nuevo, sino para convertirnos en la persona capaz de reconocer aquello que ya teníamos.
Corriendo hacia el vacío me llevó por siete países, me permitió completar ocho carreras de ultradistancia y me regaló experiencias que recordaré toda la vida. Pero cuando pienso en aquellos diez meses, lo que permanece no son las metas, los dorsales ni los kilómetros acumulados.
Lo que permanece son las personas.
Los abrazos.
Las conversaciones.
La bondad inesperada.
Los amaneceres en la montaña.
Las amistades que todavía siguen presentes.
Y la certeza de que algunas de las mejores decisiones de nuestra vida nacen precisamente cuando dejamos de buscar seguridad y nos atrevemos a caminar hacia lo desconocido.
Porque a veces, cuando uno se atreve a correr hacia el vacío, descubre que en realidad nunca estuvo vacío. Solo estaba lleno de cosas que todavía no había aprendido a ver.
PRÓXIMAMENTE CERRO ROJO Y ULTRA PANAMÁ
