
¿Sabéis cuando algo arranca desde 0 y sientes que tiene potencial, que está destinado a triunfar, que es como tu pequeña creación y te encanta verle dar sus primeros pasos?
Pues eso siento yo con este proyecto.
Pese a que la mayor cantidad de horas de mi energía está puesta en mi marca personal, incluyendo mis aventuras, viajes y conferencias, es bonito emprender un proyecto que aúne todo lo que yo soy (amor, consciencia y luz) y todo lo que me hace vibrar alto (naturaleza, actividad física, autoconocimiento y experiencias compartidas con otros seres humanos).
Así bien, el pasado 1 de noviembre, aprovechando que es una fecha muy energética, un grupito de valientes seres humanos se unieron a una salida muy especial para la mayoría.
¿Por qué?
Pues porque nunca habían experimentado una caminata en la montaña de noche. Sí lo habían hecho de día, pero el reto se encontraba en la parte estipulada para después del atardecer. Además, el grupo era variado, pues había personas de entre 60 y 70 años y otras de 30 y pocos. Unas valientes, sin lugar a dudas.
El lugar elegido para esta primera experiencia fue en Alcossebre (Castellón), en plena sierra de Irta, un lugar cargado de energía por las características del entorno y muy especial para mi por un motivo que os explicaré al final de esta entrada del blog.
Dentro de una sierra que termina en contacto con el mar, este sendero asciende en sus primeros 6 kilómetros hasta el pico “Campanilles” (576 m de altura) a través del conocido como el barranco del “Boixar” y la “Font de la Parra”. El ascenso es duro, pues se enfrentan más de +600 m de desnivel hasta la cima, pero merece la pena porque el atardecer que se vislumbra desde ese punto es de los más hermosos que yo he visto jamás. Sus intensos tonos naranja, rosado y azul con el mar de fondo y el verde de los pinos, el romero y demás vegetación a tu alrededor hace que conectes con una belleza mucho más profunda de lo que hayas imaginado.
Me encantó ver como, por el camino de subida, el grupo se ayudaba sin dudar y sin juzgar para superar los diferentes obstáculos que presenta la ruta. Gracias a ello pude disfrutar de sentir que esta salida valió todo el tiempo empleado en organizarla, pues no hay nada más bonito que ver el esfuerzo, las ganas y la generosidad de otros seres humanos en acción.
La llegada hasta el pico fue dura, eso es cierto. No obstante, tal como les expliqué en el párquing antes de arrancar:
“La ruta va a ser una metáfora de vida: dura en ciertos momentos, sobre todo al principio, pero cobrará sentido cuando todo florezca arriba y alcancemos la paz del trabajo bien hecho”
Y así fue, complicada, para unas más que para otras (como todo en la vida), pero con un abrazo de equipo precioso y vibrante cuando los últimos integrantes del grupo alcanzaron la cima.
Celebrar los logros ajenos como propios es algo indescriptiblemente sanador.
Una vez arriba, merendamos merecidamente y, al terminar, hicimos un pequeño ritual en el que agradecimos a la Pachamama que nos permitiera estar allí, al mar que nos limpiara la energía y al cielo por guiarnos con las estrellas. Además, quien quiso (pues nunca hay que forzar nada en esta vida), pudo quemar un papelito en el que estaba escrito todo aquello de ellos mismos o de su vida que querían que “muriera” esa misma noche tan especial. Recordad cuan necesario es tomar la firme decisión de dejar morir partes de nosotros que ya no vibran con nuestro actual ser y que deben quedar en el pasado para seguir evolucionando.
La noche empezaba a caer sobre un día que ya agonizaba dulcemente, como sabiendo que el trabajo estaba hecho y no le importaba morir. Tomamos las mochilas de nuevo, nos aseguramos de que no habíamos dejado desperdicios en el lugar, encendimos nuestras luces frontales y arrancamos una bajada que nos iba a llevar unas casi tres horas más.
Yo sabía que, siendo su primera vez, lo iban a disfrutar de una forma tremenda y que la magia de la noche pronto iba a aparecer.
¿Recordáis vuestras primeras veces de algo? Esos nervios; esas ganas de ver qué se siente y el alma deseando experimentarlo absolutamente todo.
Os he dicho que la magia iba a aparecer, ¿verdad? Pues así fue. El cansancio, la falta de luz y la concentración dieron paso a un silencio cada vez más prolongado que dotó de un aura especial al recorrido.
Ya caminados unos 3 km, decidí que era un buen momento y lugar para parar, reunir al grupo, apagar las luces y pedirles un minuto de silencio profundo para que apreciaran como la nada más absoluta se apoderaba de todo a nuestro alrededor hasta llegar hasta nuestros adentros.
Silencio.
Silencio y una vibración que no estamos acostumbrados a sentir pero que se hacía muy notable en ese lugar. Algunas la sintieron más que otras, pues depende de la apertura que tengas a permitirte sentir ciertas frecuencias, pero lo que sí pudimos apreciar todos/as fue la paz que abunda en el silencio.
Una vez experimentado, continuamos la larga e inclinada bajada hasta llegar, de nuevo, al coche, no sin antes sufrir alguna caída, un par de salidas del sendero por una falta de concentración y una inclinación muy pronunciada que nos hizo sufrir un poco durante 2,5 km.
Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero sí satisfactorio.
Con esto y la vuelta a casa por carretera, pusimos fin a una aventura que siempre recordaremos como “LA PRIMERA VEZ”.
La primera vez que un grupo de seres humanos se fundieron con la naturaleza en la noche y la primera vez que un grupo de Almas Salvajes compartían espacio y tiempo de forma oficial.
Y digo de forma oficial porque he de confesaros que las personas que asistieron a este evento fueron familiares míos entre los que se encontraban, también, mis padres. Y como ya sabéis, junto a mi familia he vivido muchas aventuras ya. Sin saberlo, llevamos toda la vida siendo rebeldes de la alegría y del gozo.
Con el tiempo, esto se agrandará y llegaremos a muchas más personas, pero haber vivido esta experiencia junto a ellos fue muy especial.
Y, finalmente, confesaros que fue doblemente especial pues, esta ruta es una de las primeras que yo realicé cuando empecé a caminar por la montaña ahora hace unos 4-5 años. Estos caminos me vieron llorar, pedir al universo, liberar dolor, reír, emocionarme, sentir miedo… y todo en solitario la mayoría de las veces. Ahora, la he podido compartir con mis seres queridos. No hay nada más especial.
¡Nos vemos pronto y miles de gracias por haber compartido conmigo algo tan bonito!






