
Después de compartir con toda la gente de Ecuador en una edición tremenda de la carrera PETZL TRAIL PLUS (Baños de Agua Santa) y siendo el 7º reto del proyecto «Corriendo hacia el vacío«, llegó el momento de llegar al país de la catrinas y la noche de muertos, de las pirámides aztecas, mayas y de otras culturas ancestrales, de la pasión y de los tacos: México.
No era uno de los países que más me llamaba la atención a la hora de viajar (de hecho, no recuerdo por qué lo seleccioné como uno de los retos a superar… imagino que algo de sus paisajes me causó intriga). No obstante, allí caí en pleno mes de abril, pues la carrera iba a tener lugar sobre el día 26. Mi recibimiento no fue el más agradable pues en el aeropuerto casi me detienen por hacerle una foto a un cartel que decía: «Bienvenidos a Mexico» (menuda paradoja, ¿no?). La policía me hizo borrar la foto (no sé que pretendían que hiciera con ella) y me dejaron continuar. Un mal presentimiento me abordaba…
Mi estancia en México DF fue divertida porque la ciudad, aunque es una de las más contaminadas del mundo y se nota en la garganta y los ojos, es interesante. Luego me fui para la zona de Puebla de Zaragoza, pues debía acercarme al lugar de nombre impronunciable para mi en donde se llevaba a cabo la carrera: Tlatlauquitepec. Puebla es otro rollo, es preciosa a más no poder. Me encantó.
Pero vamos a lo que nos acontece, el reto que venía a enfrentar en las sierras mexicanas. Sin duda, llegué muy cansado porque no estaba siendo saludable para mi cuerpo tanto viaje (emocional y físico), hecho por el cual no estaba disfrutando al máximo de la experiencia de volver a correr otra carrera. Si os soy sincero, no me apetecía mucho meterme en otra aventura así… pero bien, le hice caso al corazón y decidí seguir cumpliendo objetivos para ver a qué lugares o, mejor dicho, qué aprendizajes me llevaba.
Sin duda, el lugar es bien bonito y pintoresco, y aunque el director de la carrera (y uno de los representantes del circuito latinoamericano de trail) no me trató de la forma más amable y adecuada posible, mis días allí cobraron sentido porque me volví a reunir con mis amigos de El Salvador. Unos meses después de la carrera «Ultravolcanes», nos volvíamos a reunir para compartir lo que tanto nos gusta: la montaña.
Con ellos pude disfrutar de una experiencia agradable porque, sinceramente, haber ido allí solo hubiera sido extraño. Seguramente hubiera conocido a otras personas con las que compartir y me la hubiera pasado en grande, porque eso siempre pasa, pero dado mi estado físico y anímico, se me hubiera hecho cuesta para arriba.
Bien, después de retirar el kit y entrevistar a alguna personas, llegó el momento de enfrentar la carrera. Éramos pocos los que partíamos en la fresquita noche mexicana, pero con los frontales encendidos nos lanzamos a enfrentar la distancia más larga de este evento: los 53 km. Como ya os he dicho, mi estado físico me obligó a salir poco a poco pero en los primeros kilómetros me empecé a sentir genial y superé los umbrales en los que debería haber corrido. Fui rápido, sí. Y como podéis imaginar, lo pagué caro.
Hasta el km 30 me mantuve bien. Atravesamos algunos paisajes preciosos (de los mejores que he visto jamás) aunque gran parte transcurría por pista hormigonada, lo cual es un punto muy negativo para mi gusto. Pero fue llegar a este kilometraje y me vine abajo. El sol nos golpeaba en la espalda y una subida infinita e inclinada me martilleó hasta el alma. Suerte de unas niñas que nos animaban en la vereda del sendero, ofreciéndonos agua para sacar unos dólares a cambio. No pude darles nada porque no llevaba dinero, pero hice lo único que pude para agradecerles su ayuda moral: sonreírles. Os prometo que no tenía más fuerzas y para más inri, me empezó a doler tanto la cadera que me impedía correr. Solo podía caminar.
Fue justo en ese momento cuando pensé en abandonar. Todavía no lo he hecho en ninguna carrera en mi vida, pero aquí me pasó fuertemente por la cabeza. De hecho, ya os dije que en El Salvador llegué al punto en el que no me he de demostrar nada más en la vida. Alcancé un punto en el que yo soy consciente de que lo que desee a nivel físico y que salga de mi corazón, puedo alcanzarlo, y por ello sabía que no era necesario forzarme más de la cuenta. Caminé muy muy lento mientras reflexionaba y me dije:
«Me doy 5 km más. Si pasados esos 5 km no puedo correr, esto no tiene sentido y me retiro»
Y así seguí avanzando hasta que como por arte de magia (y aunque ya os digo que no lo es jaja) el dolor se disipó un poco y, aunque no súper rápido, me permitió correr de nuevo a un ritmo de entre 6/7 min/km. Vaya, parecía que los límites no habían llegado todavía a ser reales. La mente me estaba jugando una mala pasado y, seguramente, mi poca predisposición a correr en ese evento y haber corrido demasiado fuerte la primera parte de la carrera me estaba afectando al nivel de provocar dolores para que frenara.
A veces, para un rato y reflexionar nos ayuda a seguir.
A partir de ahí entré en otra dimensión. Volví a sonreír y aunque se me hizo muy duro por el calor y el dolor remanente, conocer a gente por el camino me ayudó a sobrellevarlo y llegar a meta, extenuado, pero feliz. Allí me esperaban mis amigos y fue algo espectacular abrazarlos después de semejante esfuerzo. Lloré de la emoción porque la carrera se sintió demasiado dura.
No recuerdo bien el tiempo ni la posición, pero sé que fueron unas 10 horas y que no quedé mal clasificado pese a la odisea. Como siempre os digo, suelo estar entre el 30% de las primeras posiciones en la mayoría de carreras, aspecto que me deja tranquilo, pues el trabajo está siendo el adecuado en los entrenamientos.
Finalmente, diría que los aprendizajes principales en esta carrera es que los límites siempre están mucho más allá de lo que pensamos y que siempre que sintamos que debemos comunicar algo, lo hagamos. Si no actuamos en esa dirección se nos quedará dentro y luego explotará en momentos en los que no debía ser así.
No volvería a esta carrera por lo que os he comentado antes respecto al director y además porque, pese a tener lugares bellísimos, de los 53 km, unos 20 fueron en asfalto y pista forestal, lo cual considero demasiado para una carrera de ultradistancia por montaña. Fue de las peores que pude experimentar, pero agradezco a la organización el cupo para poder participar.
Una aventura más. Otro aprendizaje más.
Os ama,
Jorge.









