Ultravolcanes El Salvador (50 km)

El aire cargado de ceniza fina y humedad me abrazó al llegar a El Salvador, aquel pequeño país que sorprendía en enero de 2025 como uno de los más seguros del mundo después de estar muchos años secuestrado por las maras y la delincuencia, envuelto en un hálito de paz renovada, con una gente cálida, acogedora, que te hace sentir como en casa antes incluso de cruzar palabra. Venía de correr el Cruce en la Patagonia argentina en diciembre, y poco después el Cruce Tandilia en enero, también allá. Pero la Carrera Ultravolcanes, 50 km con +3.925 metros de desnivel positivo, sería un reto distinto, una bestia de fuego y calor centroamericano ante la que sentía un miedo escénico.

Temor al desnivel desconocido, al ascenso de volcanes colosales, a un sol que no perdonaba. No estaba seguro de lograrlo. Por eso cuando la organización—Ricardo, Tania y Cynthia—me acogió como si fuera de la familia, compartiendo incluso techo en casa de Ricardo con el fotógrafo Diego Winitzky (compañero de carreras anteriores), sentí cómo el miedo se difuminaba en la hospitalidad salvadoreña.

Pasé mis primeras horas conociendo la cultura, la comida (ojo con las pupusas jaja), las calles de San Salvador… era mi primera vez en Centroamérica y cada detalle me encantaba: colores vivos, aromas ajenos, una ciudad bella que se desplegaba ante mí como un nuevo continente.

Dos días después me integré con los otros atletas invitados: un grupo que congenió desde el primer chiste, desde la primera sonrisa. Reímos, compartimos historias, enseñamos heridas al humor y construimos complicidad que, supe, nos sostendría durante toda la aventura.

Llegó el día de partir hacia la zona de carrera: un alojamiento precioso, rodeado de volcanes, y un atardecer que se desangraba entre erupciones doradas sobre las colinas. La salida sería al amanecer desde el Lago Coatepeque: las primeras luces aún dormían cuando, a las 4:00 am, empezó nuestra odisea, media hora tarde, pero con una voluntad que empujaba el aire mismo consigo.

El recorrido te lleva por cuatro gigantes de fuego en fila: primero el Santa Ana (también llamado Ilamatepec), el volcán más alto de El Salvador con 2.381 m, un estratovolcán cuyo cráter acoge una laguna de aguas turquesas firmemente grabada en mi memoria; después avanza por el San Marcelino o Cerro Chino, un cono de escorias de 1.480 m que custodia bajo su loma alargada las recargas hídricas del terreno y recuerda que la tierra también sostiene vida; luego asciendes al Izalco, el famoso “Faro del Pacífico”, nacido en 1770 sobre el flanco de Santa Ana y elevado hoy unos 1.965–1.980 m, marcado por su lava oscura que una vez alumbró la costa; y, finalmente, el Cerro Verde, un volcán extinto de unos 2.030 m, envuelto en un bosque nebuloso que parece retener secretos antiguos en cada gota de humedad. hermano menor, el San Marcelino o Cerro Chino, un cono de escorias de 1.480 m que custodia bajo su loma alargada las recargas hídricas del terreno y recuerda que la tierra también sostiene vida. Cada uno, con su alma volcánica, fue parte de la prueba, fue parte de mi desafío.

Comencé con calma, sabiendo que el perfil era traicionero: desde abajo, 2.000 metros de desnivel positivo hasta el primer cráter, el volcán Ilamatepec, en apenas unos kilómetros, seguido de sube y bajas acumulando otros 1.000 metros en cerca de 30 km. Y justo al final de todo, con la acumulación de fatiga… los últimos 1.000 metros de ascenso en solo 3,5 km. El desafío era brutal.

Al llegar al primer cráter lo hice con sensaciones increíbles y ritmo tal vez demasiado alto para lo que luego vendría. Por encima del volcán ilamatepec, vi por primera vez el océano Pacífico: aquella laguna dentro del cráter era tan perfecta, tan sabia, que me dejó llorando. Fue uno de los momentos más primorosos de este proyecto Corriendo hacia el vacío.

Inició entonces una bajada larguísima. Hasta el kilómetro 30 me mantenía bien, bromeando incluso con el grupo y las personas que me fui encontrando. Después, el calor me venció y un bajón energético enorme me golpeó sin aviso. El polvo se revolvió bajo mis pies y la energía, arrastrada por el sol, se evaporó. Me senté, me quedé quieto, la mente nublada, la vista a punto de fundirse a negro. Incluso me caí de bruces en el suelo, cubriéndome de polvo y resignación.

Pero respire hondo y decidí continuar, paso a paso, caminando lo que hiciera falta. Sabía que necesitaba terminar esa carrera para demostrarme que puedo cualquier cosa que me proponga (sé que no deberíamos hacer estas cosas para sentir eso pero… a veces es necesario hacerlo si partes de una autoestima bajita). Avancé, lento pero firme, hasta llegar a los últimos 4 km, donde la selva enredada y empinada se revelaba volcánica y encarnada en desafío. Caminé sobre colada magmática mientras ascendía al volcán Izalco entre turistas que contemplaban nuestra aventura como si fuera un mágico espejismo sudoroso. Llegar a la cima fue una cuestión de fe. La vista, inolvidable.

La bajada que siguió no fue menos loca: un tobogán de rocas y tierra suelta proveniente del cráter, salvaje hasta en su belleza, una locura que en Europa estaría prohibida pero que resultó absolutamente inolvidable. Y cuando me creí tocando suelo firme, la prueba aún daba otro golpe: unas escaleras infernales con +400 metros de desnivel hasta meta. Allí, en el tramo más duro, Ricardo y varios del equipo me esperaban, riéndose de lo reventado que iba… y eso me arrancó otra sonrisa.

Finalmente crucé la meta tras casi doce horas de absoluto esfuerzo, casi último (posición 28 de unos 30). Incluso estaban desmontando el arco de llegada mientras llegaba. Algo que nunca me había pasado. Lo importante fue cruzar y saber que estoy hecho para resistir lo que haga falta.

Esa carrera fue un quiebre positivo dentro de mí: pensé que ya no necesitaba seguir con el proyecto, que mi autoestima había alcanzado su cima. Pero detrás de esa puerta abierta, supe que seguir sería tan divertido como fortalecedor.

Después compartimos con el resto de atletas un viaje a la Playa El Tunco, un descanso merecido y cálido. Y, además, me quedé un mes y medio en el país, explorando lugares como Ataco, descansado y escapando con mi amigo Roger a Antigua Guatemala, ascendiendo los volcanes Acatenango y de Fuego.

Fue una experiencia inolvidable. Gracias eternas al equipo de Trail Runners El Salvador por su trato, por la invitación y a los atletas invitados que ya son amigos. Me gustó tanto el país que, de hecho, volveré. Aquí tienes un enlace a otra de las carreras con las que ahora colaboro con ellos: La Cordillera Challenge.

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