Hay carreras a las que uno llega porque las busca durante años. Otras aparecen en el calendario casi sin querer, como consecuencia de una serie de encuentros improbables que empiezan en un lugar del mundo y terminan, meses después, en otro completamente distinto.
Mi historia con la Vuelta al Lago Epecuén empezó mucho antes de poner un pie en las ruinas de Villa Epecuén.
Empezó en Cusco, durante los días previos a Andes Race. Entre corredores que llegaban de distintos países, conversaciones improvisadas y ese ambiente particular que siempre se crea antes de una carrera, conocí a Javier Barbis.
Hablamos de carreras, de viajes, de trail running. Una charla más de esas que nacen de forma natural cuando dos personas comparten la misma pasión. En algún momento de la conversación apareció el nombre de Epecuén. Me habló de su carrera, de las ruinas, del lago salado, del ambiente del pueblo.
Meses después nos volveríamos a encontrar en Córdoba, durante UTACCH. Y fue allí donde aquella conversación terminó convirtiéndose en algo más concreto.
—Tienes que venir a correr Epecuén.
Acepté sin saber demasiado bien qué me esperaba.
El primer encuentro con Villa Epecuén es difícil de olvidar.
Uno ha visto fotos antes, claro. Ha leído la historia. Sabe que en 1985 el agua del Lago Epecuén rompió el terraplén que lo contenía y terminó cubriendo por completo el pueblo. Durante décadas la ciudad permaneció sumergida. Cuando el lago retrocedió, dejó al descubierto un lugar que parecía suspendido en el tiempo.
Pero ninguna fotografía te prepara realmente para caminar entre esas calles.
Las casas están abiertas como esqueletos. Las paredes aparecen cubiertas por una costra blanca de sal. Los árboles muertos siguen en pie, retorcidos, como esculturas naturales moldeadas por el agua y los minerales.
Y en medio de todo eso… empieza una carrera.
La distancia de 21 kilómetros no rodea completamente el lago —esa es otra historia reservada a distancias más largas—, pero ofrece un recorrido sorprendentemente variado que combina caminos rurales, senderos de tierra, tramos de arena y el paso por las propias ruinas.
Los primeros kilómetros abandonan rápidamente la zona urbana destruida para internarse en caminos de campo que serpentean por el paisaje abierto de la pampa bonaerense. El terreno es rápido, cambiante, con sectores donde la arena obliga a ajustar la zancada y otros donde el suelo compacto permite correr con ritmo.
Más adelante el circuito regresa hacia el elemento que hace única a esta carrera: las calles de Villa Epecuén.
Correr entre esas estructuras destruidas genera una sensación extraña. No es un tramo técnico en el sentido clásico del trail, pero sí es un lugar donde cada paso te recuerda que estás atravesando un escenario que pertenece más a la historia que al deporte.
Las paredes rotas, los árboles petrificados por la sal, los restos de edificios que alguna vez fueron hoteles o casas de veraneo crean una atmósfera que no se parece a nada que haya corrido antes.
Y eso hace que inevitablemente levantes la vista del suelo más de lo habitual.
Aquella edición tenía además una característica particular: era verano.
El terreno estaba mucho más limpio de sal que en otras épocas del año, cuando el lago deja sobre el suelo una capa blanca que cambia por completo la textura del recorrido. En esta ocasión el circuito resultaba más compacto y agradable, permitiendo correr con mayor fluidez.
Fue una de esas carreras que se disfrutan casi de principio a fin. No por su dificultad extrema, sino por lo diferente del entorno.
Pero si algo terminó de convertir aquel viaje en un recuerdo especial no fue solo el recorrido.
Fue la gente.
En Carhué, el pequeño pueblo que vive a apenas cuatro kilómetros de las ruinas, sentí una hospitalidad genuina, de esas que no se fabrican para los eventos deportivos. La gente pregunta de dónde vienes, se interesa por tu historia, te habla como si formaras parte del lugar aunque hayas llegado desde otro continente.
Durante esos días también conocí a la fotógrafa Graciela Zanitti, una de esas personas que viven el trail desde detrás de la cámara con la misma intensidad que los corredores lo vivimos desde el sendero.
Y allí también conocí a Elisa Forti, una auténtica leyenda del trail argentino. Charlamos brevemente, intercambiamos algunas palabras y cada uno siguió con su carrera.
Lo curioso es que apenas una semana después, en la Patagonia, sería ella quien me colocaría la medalla finisher en El Cruce.
Pequeñas coincidencias que el trail running parece provocar constantemente.
La línea de meta está también en Villa Epecuén, entre las ruinas. Cruzarla allí tiene algo especial. No es la típica llegada a una plaza o a una avenida llena de vallas. Aquí terminas la carrera rodeado de paredes derrumbadas, árboles blanqueados por la sal y el viento que atraviesa las calles vacías de una ciudad que alguna vez estuvo llena de vida.
No era una carrera gigantesca.
No era un evento masivo.
Pero tenía algo que muchas carreras han perdido: identidad.
Un lugar único.
Una historia poderosa detrás del paisaje.
Y una comunidad que siente la carrera como algo profundamente suyo.
Cuando terminé aquellos 21 kilómetros y me quedé caminando un rato más entre las ruinas, tuve una sensación muy clara: acababa de descubrir una de las carreras más singulares que había corrido nunca.
Lo que todavía no sabía era que volvería al año siguiente.
Y que Epecuén terminaría convirtiéndose en uno de esos lugares a los que siempre apetece regresar.

EXTRA: El Legado de Pablo Novak: El Guardián de la Memoria
No se puede hablar de Epecuén sin honrar a Pablo Novak, el último habitante del pueblo, quien falleció en enero de 2024 a los 93 años. Novak se convirtió en una leyenda viva al negarse a abandonar su lugar en el mundo, viviendo solo en una pequeña construcción con su perro y su bicicleta. Su vida fue un acto de amor y fidelidad a sus raíces; recorría las ruinas diariamente, contando la historia de la villa a cada viajero que encontraba.
Su último deseo, ser cremado y que sus cenizas fueran esparcidas por las calles de su pueblo, cierra un ciclo de pertenencia absoluta. Novak nos enseña que la verdadera riqueza no reside en las posesiones materiales que el agua puede llevarse, sino en la memoria y en la paz de estar donde el corazón pertenece. Para el corredor que cruza la meta en las ruinas, el espíritu de Pablo es un recordatorio de que la meta no es el final del camino, sino la reafirmación de nuestro lugar en la creación.

