Antes de que existiera Corriendo hacia el vacío, existió el vacío real.
El de una ruptura sentimental que había sacudido todos mis cimientos. El de abandonar una plaza como maestro de Educación Física, una profesión estable y reconocida, para perseguir algo que ni siquiera sabía si funcionaría. El de despedirme de una vida construida durante años para lanzarme a una incógnita gigantesca. Y precisamente por eso, cuando el avión descendió sobre Quito, sentí que no estaba llegando únicamente a un país nuevo. Estaba aterrizando en una versión completamente distinta de mí mismo.
La primera parada del proyecto fue Ecuador. Y pocas veces un destino me ha abrazado de una forma tan inmediata.
Incluso antes de pisar tierra ya había conocido a André, quien días después me abriría las puertas de su casa y de su familia como si nos conociéramos desde siempre. Fue el primero de muchos encuentros que marcarían aquel viaje. Porque si algo descubrí en Ecuador desde el primer momento fue la capacidad de su gente para hacerte sentir parte de algo.
En los días previos a la carrera, Joaquín López, fundador de Ecuadoruns, me invitó a participar en uno de los entrenamientos previos del evento. Me presentó como atleta internacional, compartimos kilómetros, pude entrevistarlo y conocer a gran parte de la comunidad local de corredores. Todo fluía de una manera tan natural que parecía que el viaje llevara meses preparándose solo.
Sin saberlo entonces, Ecuador estaba convirtiéndose en uno de esos lugares que terminan formando parte de tu historia personal. Un país al que regresaría varias veces más durante los años siguientes para correr, trabajar y reencontrarme con personas que ya consideraba amigos.
Pero en aquel momento todo era nuevo.
Todo era primera vez.
La ciudad me fascinó desde el principio. Quito no se parece a ninguna otra capital que haya visitado. Construida a más de 2.800 metros de altitud, encajada entre montañas volcánicas de la cordillera andina, parece extenderse por un enorme corredor rodeado de cumbres. En cualquier dirección que mires aparecen montañas. Algunas activas, otras dormidas. Algunas cubiertas de vegetación, otras desnudas y oscuras. La sensación es que la naturaleza nunca permitió a la ciudad olvidar dónde estaba.
Y precisamente esas montañas serían las protagonistas de la aventura.
La carrera, el Quito Trail by UTMB, arrancaba desde la zona de Lloa y recorría algunos de los paisajes de altura más espectaculares de los alrededores de Quito. El terreno atravesaba páramos andinos, ecosistemas únicos que existen entre los bosques y las nieves perpetuas de las grandes cordilleras tropicales. Son lugares donde el clima cambia constantemente, donde la vegetación parece adaptada a condiciones extremas y donde el aire contiene bastante menos oxígeno que al nivel del mar.
La madrugada de la carrera recuerdo que fue especialmente fría.
Mi amigo Darwin, el taxista que con el tiempo se convertiría en una figura imprescindible en todos mis viajes por Ecuador, me llevó desde Quito hasta la salida. Mientras avanzábamos por aquellas carreteras oscuras entre montañas, yo apenas podía contener todo lo que llevaba dentro.
Nervios.
Miedo.
Ilusión.
Expectativas.
Esperanza.
La sensación de estar apostándolo todo.
Cuando llegué a la zona de salida y comenzaron a sonar los altavoces, las luces iluminaron los arcos y los corredores empezaron a agruparse, algo se rompió dentro de mí.

Empecé a llorar.
No de tristeza.
Tampoco exactamente de felicidad.
Era algo mucho más difícil de explicar.
Era la sensación de haber llegado hasta allí.
Después de tantos meses de dudas.
Después de tantos miedos.
Después de tantas opiniones ajenas.
Allí estaba.
A punto de correr mi primera carrera de Corriendo hacia el vacío.
A punto de comprobar si aquella locura tenía sentido.
Y entonces comenzó.
Los primeros kilómetros fueron una mezcla constante entre emoción y fascinación. Grababa imágenes, hablaba con corredores, observaba cada rincón del paisaje intentando absorberlo todo. Pero conforme la carrera avanzaba, la montaña empezó a mostrar su verdadera cara.
Gran parte del recorrido transcurría entre los 2.500 y los 3.700 metros de altitud.
A esas alturas el cuerpo no funciona igual.
El oxígeno disponible disminuye considerablemente y cualquier esfuerzo intenso exige mucho más al organismo. Mi estómago comenzó a cerrarse en algunos momentos. La respiración se volvió pesada. Las piernas parecían responder con retraso. El mal de altura empezó a presentarse poco a poco.
Recuerdo especialmente algunos tramos de páramo.
Aquellos océanos de hierba dorada moviéndose con el viento.
La inmensidad.
La sensación de pequeñez.
Los volcanes apareciendo a lo lejos entre las nubes.
Y yo avanzando lentamente, intentando gestionar un cuerpo que empezaba a protestar.
Hubo momentos duros.
Momentos de sufrimiento real.
Momentos donde comprendí que correr una ultra no tiene tanto que ver con las piernas como con la capacidad de permanecer cuando todo te pide abandonar.

Pero también hubo momentos de una belleza difícil de describir.
Porque cuando uno atraviesa una transformación personal profunda, las experiencias dejan de ser simples acontecimientos. Se convierten en símbolos.
Y aquella carrera era exactamente eso.
Un símbolo.
La representación física de una decisión vital.
Seguir adelante.
Aunque no supiera exactamente hacia dónde.
Las horas fueron pasando y finalmente apareció el centro histórico de Quito.
La llegada a la meta, situada en la impresionante Plaza de San Francisco, fue uno de los momentos más emocionantes que he vivido en una carrera.
La plaza estaba llena de gente.
La música resonaba entre las construcciones coloniales.
Las emociones acumuladas durante meses pedían salir.
Y entonces las vi.
Dos chicas del País Vasco que había conocido en el hostal donde me alojaba.
Habían ido expresamente a verme llegar.
No eran familiares.
No eran amigas de toda la vida.
Eran simplemente personas que habían decidido regalar parte de su tiempo para acompañar a alguien que apenas conocían.
Y aquel gesto me golpeó más fuerte que cualquier subida de la carrera.
Crucé la meta llorando.
Llorando por la carrera.
Por el viaje.
Por la ruptura.
Por los sueños.
Por el miedo.
Por la incertidumbre.
Y también por la enorme cantidad de amor que estaba encontrando en el camino.

Los días posteriores continué explorando Ecuador. Visité lugares como la Laguna del Quilotoa, Cuenca, el Cajas, Cotopaxi, Pugilí, Otavalo… recorrí nuevos paisajes andinos y seguí descubriendo un país que parecía inagotable. Cada conversación, cada sendero y cada montaña reforzaban la misma sensación.
Había tomado la decisión correcta.
No porque todo fuera fácil.
No porque hubiera certezas.
Sino porque volvía a sentirme vivo.
Y cuando pienso hoy en aquella primera carrera, no recuerdo la clasificación ni el tiempo final.
Recuerdo las lágrimas de la salida.
Recuerdo las lágrimas de la meta.
Y recuerdo la certeza que apareció entre ambas.
La de que algunas aventuras no consisten en llegar a ningún lugar.
Consisten simplemente en atreverse a empezar.

