Hay carreras que se recuerdan por el paisaje. Otras por el resultado. Algunas por el sufrimiento. Y luego están esas carreras que permanecen en la memoria simplemente porque te lo pasas bien de principio a fin.
La Garmin Epic Sky, en la espectacular Vall de Boí, pertenece a esta última categoría.
Aquel fin de semana viajé acompañado de mi amiga Bárbara, antigua compañera de trabajo cuando ambos éramos docentes. Ella también iba a participar en la prueba, así que desde el primer momento el ambiente tuvo algo especial. Más allá de la competición, era uno de esos viajes en los que la experiencia empieza mucho antes de colocarse el dorsal.
La Vall de Boí es uno de los rincones más impresionantes del Pirineo catalán. Situada en el corazón de los Pirineos y rodeada por algunas de las montañas más emblemáticas del Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici, es una tierra de valles glaciares, lagos de alta montaña y crestas que parecen diseñadas para el trail running. Durante miles de años, los glaciares modelaron este paisaje dejando tras de sí circos, aristas y valles que hoy convierten la zona en uno de los grandes paraísos de montaña de la península ibérica.
La carrera que nos esperaba era exigente: unos 24 kilómetros y alrededor de 2.300 metros de desnivel positivo concentrados en una distancia relativamente corta. Una auténtica prueba de estilo sky running, donde la montaña apenas concede tregua y donde gran parte del recorrido se desarrolla en terrenos técnicos y de alta montaña.
Sin embargo, aquel día había un protagonista inesperado.
La niebla.

Desde primeras horas de la mañana las nubes habían decidido instalarse sobre las cumbres y, conforme ascendíamos, el paisaje desaparecía poco a poco detrás de una cortina blanca cada vez más espesa. Hubo momentos en los que apenas podíamos distinguir a los corredores que avanzaban veinte metros por delante.
Y resulta curioso, porque una de las grandes señas de identidad de esta carrera son precisamente las vistas. La cresta superior ofrece panorámicas espectaculares sobre el Pirineo, con montañas extendiéndose en todas direcciones hasta perderse en el horizonte. Sin embargo, aquel día la montaña decidió guardarse el espectáculo para sí misma.
Normalmente podría parecer una decepción.
Pero no lo fue.
Porque hay días en los que el paisaje importa menos que las sensaciones.
Y aquel fue uno de ellos.
Me encontré corriendo con una ligereza difícil de explicar. Las piernas respondían, el cuerpo funcionaba y la mente estaba tranquila. No había presión. No había expectativas. Solo el placer de moverme por la montaña. Durante buena parte del recorrido llevé una sonrisa en la cara, disfrutando de cada subida, de cada tramo técnico y de cada conversación compartida con otros corredores.
A veces buscamos experiencias extraordinarias y olvidamos que la felicidad suele esconderse en cosas mucho más simples. En una carrera donde el cuerpo responde. En una montaña envuelta en niebla. En un fin de semana entre amigos. En la sensación de estar exactamente donde quieres estar.
Quizá por eso recuerdo aquella Garmin Epic Sky con tanto cariño.
No porque fuera la carrera más espectacular que he corrido.
No porque lograra contemplar los paisajes que la han hecho famosa.
Sino porque me recordó algo muy sencillo: que no siempre hace falta ver la cima para disfrutar del camino.
Y, sinceramente, viendo las risas, los momentos compartidos y la energía que se respira en el documental que acompaña esta entrada, creo que la montaña nos regaló exactamente lo que necesitábamos aquel fin de semana.
A veces las nubes también forman parte de la aventura.

