UTACCH, Argentina (53 km)

La noche en la que llegué a las sierras de Córdoba todavía la recuerdo como una especie de umbral. El autobús me dejó en algún punto entre la oscuridad y el silencio, en las cercanías de Villa Yacanto, y lo primero que sentí no fue cansancio ni alivio, sino una extraña suspensión del tiempo. Había venido desde Ecuador y Perú con el cuerpo todavía cargado de kilómetros —Quito Trail, Vallejo, Andes Race—, pero allí, en ese rincón de Córdoba, todo parecía empezar de cero.

El camino hasta el alojamiento no fue evidente. No había luces claras, ni referencias cómodas. Solo un sendero de tierra, el sonido seco de mis pasos y una sensación de estar entrando en algo más antiguo que la propia carrera. Caminé en medio de un páramo suave, casi lunar, hasta encontrar el lugar donde iba a dormir: Sierra Viva. Y en ese trayecto breve pero simbólico entendí que la experiencia ya había comenzado antes incluso de recoger el dorsal.

Dentro del alojamiento estaban Taka, Mauricio y Sibia. Dos argentinos, una peruana. Tres desconocidos que en cuestión de minutos dejaron de serlo. Había algo en la energía de las sierras —en esa mezcla de aislamiento, altura emocional y tierra abierta— que aceleraba los vínculos humanos como si el entorno quitara capas innecesarias. Poco después apareció Martín, el dueño del lugar, y la conversación fluyó sin esfuerzo, como si todos hubiéramos llegado allí siguiendo el mismo hilo invisible. Esa noche no hubo jerarquías ni distancias: solo historias compartidas, nervios de carrera y esa calma previa a lo inevitable.

Al día siguiente, el pueblo empezó a respirar distinto. La organización del Ultra Trail Amanecer Comechingón nos recibió con esa mezcla de rusticidad y alma que tienen las carreras de montaña auténticas. Dorsales, briefings, caras de concentración y también esa alegría contenida de quienes saben que están a punto de cruzar un umbral físico y mental.

Los Comechingones —los antiguos pueblos originarios de estas sierras— aparecen en el nombre de la carrera como un eco que no es decorativo, sino casi territorial. Habitaban estas montañas mucho antes de cualquier trazado moderno, resistiendo entre cuevas, quebradas y piedra. Su historia, marcada por encuentros y enfrentamientos durante la colonización española, sigue flotando en la memoria del lugar como una capa más del paisaje. Y uno, corriendo aquí, no puede evitar sentir que pisa algo que va más allá del deporte.

Ese día vimos también las carreras infantiles. Niños corriendo con una naturalidad que desarma cualquier discurso sobre el rendimiento. Luego la salida de Taka en los 165 kilómetros, las cien millas. Un inicio en la noche, como manda la épica de las distancias largas. Nosotros, en cambio, nos retiramos a preparar el cuerpo para lo que vendría al día siguiente. Había silencio en el ambiente, pero era un silencio lleno.

La mañana de la carrera llegó con una claridad distinta. El terreno de las sierras de Córdoba tiene algo particular: no es un bosque cerrado ni una montaña alpina. Es más bien un paisaje abierto, de pampas elevadas, senderos de tierra roja, zonas de pajonal alto y transiciones constantes entre roca expuesta y horizontes amplios. Esa apertura, que al principio parece liberadora, en carrera se convierte en un espejo brutal: no hay dónde esconderse.

La salida fue nocturna, como si el evento quisiera empujarnos desde el inicio a la incertidumbre. Pero con el paso de las horas el calor empezó a imponerse. El sol en estas sierras no negocia. Y mi cuerpo, que venía acumulando desgaste de semanas anteriores, empezó a responder con rigidez. La musculatura estaba tensa, como si cada fibra tuviera memoria propia de todo lo anterior.

Lo mental se volvió entonces el verdadero terreno de juego. Pensamientos intrusivos aparecían y desaparecían como sombras en movimiento. Hubo momentos de duda, de negociación interna, de pequeñas derrotas invisibles. En aquella etapa de mi vida me costaba sostener la mente cuando el cuerpo empezaba a romper su equilibrio. Y aquí, en este terreno tan expuesto, todo se amplificaba.

Sin embargo, algo curioso ocurría también. Entre el dolor y la fatiga, aparecían destellos del paisaje. La cantidad de cuarzo en las sierras era algo que no esperaba. Fragmentos blancos incrustados en la tierra, reflejando la luz como si el suelo tuviera memoria mineral de otra dimensión. En medio del sufrimiento, esos destellos parecían recordarme que el lugar era más grande que mi esfuerzo.

El avance fue lento. Muy lento. Pero constante. Y en las ultras, esa constancia es a veces la única victoria posible. Cada avituallamiento, cada sombra, cada pequeño gesto de hidratación se volvía una microdecisión de continuidad. No había épica constante, sino supervivencia organizada.

Cuando finalmente crucé la meta, no hubo explosión inmediata. Hubo silencio. Un silencio interno más que externo. La sensación de haber atravesado algo que no era solo un recorrido físico, sino una conversación larga con la propia mente. Y, sobre todo, la confirmación de que incluso en los días más duros, el movimiento hacia adelante sigue siendo posible.

Después de la carrera, el entorno cambió de nuevo de ritmo. Compartimos tiempo, historias y recuperación con el grupo. La conexión que se había creado en Sierra Viva seguía expandiéndose como si la montaña hubiera hecho de catalizador humano. Y en los días posteriores, la exploración nos llevó a lugares como Capilla del Monte, donde el paisaje se vuelve todavía más extraño, casi magnético, con esa mezcla de mito, roca y cielo abierto.

Me fui de allí con la certeza de que volvería. No solo por la carrera, sino por lo que ocurre alrededor de ella: la gente, la tierra, la energía difícil de explicar de estas sierras. Algunas experiencias no se cierran cuando termina el cronómetro. Se quedan abiertas, como caminos de tierra que siguen existiendo aunque uno ya no esté caminándolos.

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