Andes Race (63 km | Perú)

La primera noche en Lares tenía algo de portal antiguo, como si el aire supiera que lo que iba a ocurrir no pertenecía del todo al presente. Allí, en pleno corazón del Valle Sagrado de los Incas, la montaña no es solo paisaje: es estructura, memoria y presencia. La segunda carrera del proyecto Corriendo hacia el vacío comenzaba mucho antes del disparo de salida, casi como si el propio territorio te estuviera observando.

La experiencia de Cusco ya venía cargada de asombro desde los días previos. Las ruinas, los caminos, la energía de las piedras, la forma en la que la historia inca todavía parece respirar bajo cada calle. Y entre todo eso, la conexión con la tierra no se limita a lo visual: es algo que se siente en el cuerpo, en la altura, en el ritmo del aire. Incluso el paso por el sendero del Salkantay Trek hacia Machu Picchu fue una especie de preparación silenciosa para lo que vendría después, como si caminar durante días fuera una forma de aprender a escuchar la montaña antes de intentar correrla.

La carrera —Andes Race Perú— arrancaba a la una de la madrugada. La oscuridad no era un elemento secundario, era el escenario principal. Nunca había corrido de noche, y ese debut no fue suave. El frío se pegaba al cuerpo con una honestidad brutal. Recuerdo una decisión técnica que terminó marcando la experiencia: ponerme una primera capa térmica como piel base, algo que normalmente no uso corriendo. Al principio parecía buena idea, pero con el esfuerzo y la intensidad del ritmo, el sudor empezó a acumularse hasta generar una sensación de agobio y deshidratación interna.

Tomé una decisión rápida: quitar el cortavientos y quedarme solo con la camiseta y esa capa interior. En ese momento no pensé en el frío. Solo en avanzar. El cuerpo respondió con todo lo que tenía, sin margen para dudas. Pero lo que en carrera se siente como control, a veces en la recuperación se revela como exceso. Días después llegaría la fiebre, el malestar, la factura silenciosa de haber cruzado ciertas líneas fisiológicas en altura y frío extremo.

Pero en medio de esa noche, la experiencia era otra cosa. Correr bajo un cielo andino sin luz artificial suficiente te devuelve una percepción distinta del mundo. Cada paso parecía acompañado por una historia antigua. Y en varios momentos apareció un pensamiento recurrente, casi automático: por aquí habrían pasado los chasquis, los mensajeros del imperio inca, conectando territorios imposibles a pie. Esa idea convertía el esfuerzo en algo más amplio que lo deportivo.

Cuando el amanecer llegó, lo hizo de golpe, sin transición suave. La luz reveló un paisaje que parecía diseñado para ser irreal. A más de 4.000 metros de altitud, el cuerpo ya no interpreta el entorno con normalidad: lo absorbe. Las llamas y las alpacas aparecían en el horizonte como parte natural del trazado, mientras la vida local continuaba con una calma imposible de imitar en otros lugares del mundo. Mujeres con vestimenta tradicional, comunidades que viven a esa altura como si el aire denso fuera su estado natural, y una lengua que en muchos casos no era el castellano lo que reforzaba aún más la sensación de estar en otro sistema de realidad.

En ese tramo compartí kilómetros con un corredor local. Al principio era solo compañía; con el paso del tiempo se convirtió en una referencia, en un ritmo compartido. El amanecer nos encontró juntos, respirando fuerte, viendo cómo el sol encendía lentamente las montañas.

El punto más duro llegó en el ascenso hacia un paso cercano a los 4.500 metros. El soroche —el mal de altura— no avisa con dramatismo, sino con pérdida progresiva de control. El aire se vuelve escaso incluso cuando crees que estás respirando bien. El cuerpo empieza a negociar cada metro. Y ahí el trail deja de ser una prueba de piernas para convertirse en una conversación con la fisiología más básica.

A partir del kilómetro 15, además, llegó un giro mental inesperado: la información de que estaba en quinta posición general. Y con eso, algo cambió. El ritmo dejó de ser natural y pasó a ser forzado. Quise sostener una intensidad que no era sostenible en ese estado de altura, frío y desgaste acumulado. La mente entró en modo persecución. Y cuando la mente corre más rápido que el cuerpo, el precio suele pagarse después.

Los últimos 15 kilómetros fueron una especie de expansión del tiempo. El final no llegaba. El paisaje parecía repetirse con pequeñas variaciones crueles. Cada curva prometía algo que no terminaba de aparecer. Y los pensamientos intrusivos se multiplicaban en silencio, como si la fatiga abriera puertas internas difíciles de cerrar.

Finalmente llegué. El cuerpo estaba vacío, pero no en el sentido poético habitual, sino en el sentido literal de haber agotado demasiadas reservas a la vez. El resultado deportivo era bueno, pero incompleto en lo simbólico: no había categorías por edad, solo clasificación general. Y aunque en otro sistema de competición habría significado podio, aquí no fue así. Esa pequeña contradicción dejó una lección clara: cuando el foco se desplaza demasiado hacia el resultado, el camino pierde parte de su valor inmediato.

Con el tiempo, esa carrera se convirtió en otra cosa. No solo en una marca en un calendario, sino en una enseñanza sobre ritmo, ego, altura y decisiones internas. Y también en una puerta de entrada más profunda a Perú, un país al que volvería más tarde con mi familia, recorriendo de nuevo parte de ese territorio desde otra mirada, más tranquila, más consciente.

Ollantaytambo quedó como el punto final de aquella travesía, pero no como cierre emocional. Porque en las montañas andinas los finales rara vez son finales: son más bien transformaciones lentas que siguen actuando mucho después de haber cruzado la meta.

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